LA CONSTRUCCIÓN DE UNA ÉTICA MASÓNICA ACTUAL
Iván Herrera Michel, 33º
Ex Gran Maestro
Gran Logia Del Norte de Colombia
Para los abuelos las cosas eran sencillas: vivían en un mundo de
certezas. El mundo había comenzado 4.000 años antes de Cristo; según
la datación bíblica, los primeros seres humanos eran Adán y Eva.
Existía un sistema de premios y castigos de acuerdo con unas reglas
claras que cumplir, y era fácil, si no se oponían a la opinión
mayoritaria, vivir una vida sin ansiedades. Eran honorables si
profesaban con entusiasmo sentimientos de patria, religión y familia,
respetando la estratificación social. En esa sociedad estamental
todos cumplían su papel sin cuestionarlo porque un proyecto de vida
semejante garantizaba la tranquilidad de conciencia.
Los Masones, mientras tanto, luchaban por fortalecer el papel del
individuo frente a los abusos del trono y el altar y por lograr que
sus partidos políticos, más o menos jacobinos, más o menos
anticlericales, alcanzaran el mando del Estado. Y la mayor
diferencia era que los Conservadores iban a misa de 5 y los
Liberales a misa de 7.
Por el contrario, nos ha tocado, a los Masones de hoy, el destino de
enfrentarnos al cuestionamiento y la negación de los grandes relatos
de nuestras culturas, y por consiguiente al examen de los
fundamentos de la Orden, y su justificación actual, buscando
respuestas nuevas a las preguntas de siempre: ¿Qué es la Masonería?
¿Para qué sirve? ¿Qué aporta hoy al mundo del mañana?
Como fundamento de lo anterior tres son las éticas Masónicas que
tenemos que cultivar: La del individuo, la del ciudadano, y la de la
especie humana.
Entonces, comencemos con una pregunta elemental: ¿Qué cualidad
reconoce el adjetivo “Masónico”? ¿Qué hace que una ética sea “Masónica”?
¿Qué es lo que en realidad distingue a un objeto cuando posee el
calificativo “Masónico” que no se le señala cuando ostenta otro?
Nos explicamos: A nosotros nos enseñaron nuestros padres, nuestros
colegios, nuestros vecinos, nuestros amigos y un largo etcétera de
allegados, que debíamos ser buenos hijos, buenos esposos, buenos
padres, buenos ciudadanos y hombres útiles a la sociedad. Nuestra
universidad nos instruyó, a través de dos o tres asignaturas, acerca
de los obstáculos que impiden el libre desarrollo del pensamiento, y
la literatura Constitucional de nuestro país impone el respeto a
nuestros derechos fundamentales individuales, sociales, económicos y
culturales, así como nuestras garantías y deberes. Si esto lo
repite la Masonería entonces a nosotros nos sobra. Pero si la Orden
nos aporta algo diferente y valioso entonces debemos preguntarnos: ¿Qué
es ese “algo diferente” que nos aporta?
Una primera aproximación a la respuesta podría estar relacionada con
el papel que para el ciudadano y la sociedad ha tenido la Masonería
Especulativa en los últimos 4 siglos. Y aquí encontramos un tropiezo:
¿Cuál de las Masonerías?: ¿la Deísta? o ¿la que no acepta mujeres ni
cojos? o ¿la que sí los acepta? o ¿la adogmática? o ¿la progresista?
o ¿la que es taller de pensamiento? o ¿la anglosajona de USA que se
precia de Regular y practica desde hace más de dos siglos
segregación racial con los Masones afro americanos de ese país? o ¿la
aristocrática inglesa? o ¿la progresista francesa? o ¿la mística? o
¿la iniciática? o ¿la Patriota Latinoamericana?
Lógicamente nuestras apreciaciones están determinadas, en su mayor
parte, por la Masonería que se practica en la Gran Logia del Norte
de Colombia, por ser la que hemos practicado durante mucho tiempo.
De todos modos, todos los Masones que conocemos, sin distingos,
compartimos un denominador común: Hace algún tiempo tomamos la
decisión de acercarnos a una Logia con el objeto de adquirir nuevos
conocimientos que mejoraran nuestro desempeño social, laboral,
profesional, intelectual y hasta familiar. Y a fe que hoy hemos
mejorado nuestro potencial de ser mejores ciudadanos y nuestra
capacidad de actuar autónomamente en la sociedad civil.
En primera instancia estuvimos en contacto con lecciones que nos
hablaron de pulir la piedra bruta de nuestra propia naturaleza y, en
el caso de las Liturgias que practicamos en Colombia, de desarrollar
el sentido del honor, del saber y de la virtud. Hasta ahí lo nuevo
consistía en la invitación a comentar esta moralidad rodeados de la
formalidad que llevan implícitas las ceremonias Masónicas, y los
comentarios provenientes de hombres que se preciaban definiéndose
como librepensadores. Luego se nos invitó a cultivar la ciencia y
por último, para cerrar el ciclo simbólico, a producir
intelectualmente reflexionando sobre las enseñanzas de los fenómenos
de la vida y la muerte. Los libros nos enseñaron lo que debíamos
entender por libertad, igualdad y fraternidad a la luz de múltiples
acontecimientos en América y Europa.
Surge después de esta etapa, para los que persisten en la Orden,
como primera necesidad la incorporación de las nuevas destrezas
ideológicas al estamento social, si se quiere conformar un nuevo
pacto y una renovada sociedad, y optar por un auténtico Estado de
derecho pluralista en el cual los ciudadanos tengan igualdad de
oportunidades no solo ante la ley, sino, lo que es más importante,
ante la vida.
Nosotros, los Masones de hoy, somos conscientes que la comprensión
de los comportamientos en el mundo actual, donde existen múltiples
posturas, exige, además de la investigación científica, la
aceptación del imperativo de la dignidad humana fundamentada en un
ser humano libre, autónomo y educado. No se puede hacer hoy una
ética Masónica de espaldas a la ampliación de nuestras comprensiones,
y, a través de ella, la de los que nos rodean. Una actitud clave
podría ser la de la flexibilidad para adaptarnos a los cambios de
contextos que los nuevos conocimientos están creando
permanentemente. Y un principio central básico es el mutualismo, es
decir, la ética nacida de la relación con el “otro”.
En este orden de ideas, consideramos que la Masonería solo tiene un
sentido ético social si se le concibe como un punto de encuentro
dedicado a desarrollos no académicos, pero sí formativos, en donde
se brinde educación integral a cada uno de sus miembros, adoptando
como metodología el contacto directo con hombres provenientes de
diferentes clases sociales, posibilidades económicas, razas,
culturas, origen nacional o familiar, religión, opinión política o
filosófica, creencias o no creencias, formación personal,
profesional, etc. De este crisol sale el Masón dotado de destrezas
ciudadanas más calificadas e ideológicamente más competitivas, que
las que podría poseer alguien que no haya mantenido contacto con un
grupo semejante. Aquí es donde radica la diferencia fundamental
frente a otros grupos y la justificación de la Masonería en una
sociedad democrática, ya que esta experiencia no se da, por ejemplo,
en las universidades en donde todos los participantes obtienen una
similar educación y formación. La diversidad del origen social, la
madurez del pensamiento, y los diferentes enfoques en el análisis de
un tema en consideración, hace la diferencia al enriquecer a los
Masones y, a través de ellos, a la sociedad, por extrapolación
natural de las nuevas aptitudes éticas.
Ahora bien: ¿Cuáles son las condiciones indispensables para alcanzar
los objetivos sociales del grupo mencionado sin que se presenten
variables que lo malogren?
Una sola es la respuesta: la Libertad de conciencia, la tolerancia
mutua, la garantía para la diversidad y la sanción para la
intransigencia, practicadas dentro de un marco dialéctico.
Es por ello, que nuestra ampliada capacidad de participación
ciudadana, ahora desde la mayor calificación de los fundamentos de
sus principios filosóficos, debe contribuir al pluralismo, a la
aceptación del discenso, y a la tolerancia a las diversas tendencias
de opinión, en las sociedades en que estamos inmersos. Sin olvidar,
que paralelamente, mientras los Masones trabajamos en nuestros
Talleres, ha ido tomando forma la percepción científica de que de
alguna manera todo el universo pertenece a una sola trama, así como
la reflexión sobre las características de nuestras relaciones con la
naturaleza. Tema sobre el cual necesariamente debemos detenernos
para dar paso a sus implicaciones éticas.
Es claro que esta corriente de pensamiento, en boga entre
intelectuales, y su necesaria sensibilidad, se fortalece con
conocimientos que no tienen mucha antigüedad. Por ejemplo: Por
conocer, a ciencia cierta, de la existencia de cerca de 5.000
galaxias, con cientos de millones de estrellas que poseen millones
de millones de planetas girando alrededor de ellas. Los cálculos
científicos hablan de un uno seguido de 15 ceros de planetas con
posibilidades de algún tipo de vida. Hasta el director del
Observatorio Astronómico del Vaticano (sede de la institución
internacional que con más éxito se ha opuesto al desarrollo del
conocimiento durante los últimos 1.500 años) declaró hace unos meses
que “es una locura pensar que estamos solos”.
Hoy los hombres nos sabemos fruto de 3.800 millones de años de
evolución (2.000 millones de ellos sin oxígeno en la atmósfera, lo
cual amplía las posibilidades de vida en el universo al no ser
necesario este elemento), de los cuales hemos sido humanos apenas
los últimos 300.000 años, y se ha demostrado que solo hace unos
25.000 se dispararon nuestras actuales capacidades de memoria, de
evaluación de datos y de toma de decisiones, lo que permitió la
creación de lo que llamamos con orgullo “Civilización Humana”,
productora de múltiples formas de arte sublime, de barbaries
supremas, deslumbrantes tecnologías, etc.
Los descubrimientos acerca del genoma humano, de las células madres
y la clonación embrionaria de células con fines terapéuticos, que
prometen desaparecer cerca de 6.000 enfermedades de origen genético,
y curar una gran cantidad de ellas producidas por virus, así como el
cada vez mayor potencial de ingeniería genética; los estudios de la
Paleontología y la Antropología que nos sugieren que hemos sido tres
las especies de primates humanos dotados de inteligencia, lenguaje,
etc., (dos de ellas extinguidas. La última hace unos 15.000 años,
porque no desarrollaron cambios adaptativos como sí lo hicieron
nuestros abuelos) nos recomiendan que las respuestas a las viejas
preguntas acerca de quiénes somos, de dónde venimos y para dónde
vamos hay que buscarlas, ya no en las cavilaciones filosóficas, ni
en los dogmas religiosos o en los enunciados metafísicos, sino, a
través de la actividad científica responsable puesta al servicio de
la humanidad.
La vida animal en la Tierra ha sufrido 5 extinciones masivas en sus
550 millones de años de existencia y en ellas han desaparecido el
99% de las especies que ha arrojado el transcurso de la evolución.
Se ha calculado en 40.000 millones las especies que han vivido
frente a los 40 millones de ellas que existen. Hoy toda la vida
consiste en una delgada película superficial del planeta que
representa una diez millonésima parte de su peso. Y sorprende por lo
vulnerable. El más leve cambio cósmico la haría desaparecer. Por lo
menos en sus formas actuales.
Lo cierto es que, seamos lo que seamos, aquí estamos, y debemos
estar conscientes de nuestras reales posibilidades de supervivencia
como sociedad, como especie, así como la del necesario hábitat.
La búsqueda del conocimiento científico que desarrolle una medicina
más eficiente, y un mayor dominio de las leyes de la física con el
fin de que seamos menos vulnerables a las amenazas del exterior no
solo es un deber sino además una necesidad para la supervivencia.
Una extraordinaria proeza para una especie que acaba de llegar en el
último segundo de la historia del universo.
A manera de ejemplo ilustrativo de la necesidad de seguir
profundizando nuestros conocimientos científicos, podemos recordar
que hace unos tres meses se informó a la opinión pública que un
meteorito del grande de Francia, que había sido descubierto con
pocos días de antelación, pasó muy cerca de la Tierra. Lo
espeluznante de la noticia radica en que si se hubiese dirigido
hacia nosotros no se hubiera podido hacer nada para desviar su curso
o aminorar el impacto. Dos son los antecedentes más conocidos, que
tenemos, de una colisión de esta naturaleza: El primero fue un
impacto similar que produjo la separación de una parte del planeta (la
Luna) que quedó gravitando alrededor de él; y el segundo, hace unos
65 millones de años, cuando un asteroide mucho más pequeño que éste
cayó en el golfo de México y trajo como consecuencia la desaparición
del 95% de la vida en el planeta incluyendo la de los dinosaurios.
Pero no todas las amenazas son exógenas. Gracias al extraordinario
éxito de la especie humana en su radiación adaptativa, al tremendo
impacto sobre la Tierra de los 6.000 millones de hombres, al
desarrollo en los últimos doscientos años de técnicas destructivas,
y a las depredaciones en aras de la productividad económica, se está
perdiendo en la Tierra el equilibrio medioambiental: Hemos producido
la contaminación de los mares, los ríos y las aguas subterráneas, el
calentamiento del planeta, la disminución de la capa de ozono, las
lluvias ácidas, etc. Seis millones de hectáreas de tierra
cultivables desaparecen anualmente ocasionando que millones de seres
humanos mueran por problemas relacionados con el hambre. Según las
Naciones Unidas, la cubierta forestal del planeta habrá disminuido
un 40% para el año 2010 con respecto a 1990, y cerca de 15 millones
de hectáreas de bosques desaparecen cada año. Cuatro veces Suiza. Un
solo kilómetro cuadrado de selva húmeda en el occidente de Colombia
posee mayor biodiversidad que todo el Reino Unido, y aquí cerca, en
las selvas vírgenes del Amazonas, viven hoy cerca del 50% de las
especies de la Tierra, y en este momento se está produciendo el 60%
del oxígeno del globo.
Por otra parte, los desechos químicos de las sustancias precursoras
que aportan los países desarrollados, de Norteamérica y Europa, para
que se produzcan drogas sicoactivas, con destino final a sus propios
mercados internos, en laboratorios ubicados aquí en Sudamérica, en
plena selva amazónica, lejos de sus conciencias ciudadanas, están
contaminando importantes fuentes de agua, y haciendo desaparecer
millones de kilómetros cuadrados del primer pulmón del planeta,
tanto por la erosión como por el talamiento desbordado con fines de
cultivo de plantas de coca y amapola. Los colombianos conocemos por
experiencia propia las nefastas consecuencias, que en el tejido
social y las estructuras económicas de los pueblos subdesarrollados,
arrojan las presiones económicas del gran mercado ilícito global y
la doble moral de los centros financieros de los países del primer
mundo.
Visto lo anterior, es afortunado que en grandes foros Masónicos
multilaterales, se debata, con entera libertad, en el alba de un
nuevo Renacimiento, el tema de la ética Masónica, que para nosotros
constituye, sin lugar a dudas, el fundamento filosófico de la
competitividad ideológica del Masón en el mundo de hoy; ya que ante
un nuevo contexto de conocimientos y amenazas, la Masonería debe
aplicarse, si se define como progresista (y no puede ser de otra
manera sin traicionar la intención de sus fundadores), en
desarrollar un nuevo sentido de orden en la relación de los seres
humanos entre sí, y con el universo. Y para lograrlo, no puede
olvidar que el hombre debe establecer un vínculo directo entre la
participación de su civilización, cada vez más tecnológica, y la
estabilidad de los fenómenos naturales que permiten un medio idóneo
para la vida en la Tierra.
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